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Criticas y detractores del culturismo moderno

Culturismo es el nombre, quizás poco afortunado, de una práctica deportiva cuyo objetivo es doble: la fuerza y la belleza física. Estos dos fines están tan absolutamente imbricados que no sólo la fuerza es en el culturismo el medio para conseguir la belleza, sino que esta última se concibe aquí sólo como expresión de la fuerza. Se trata, desde luego, de un criterio estético que no es universal y que ha dado lugar a unos cánones muy controvertidos; pero a finales de nuestro siglo, y después de sólo unas décadas de práctica moderna de este deporte, nadie puede dudar del alcance de su difusión y de lo mucho que ha cambiado nuestro modo colectivo de contemplar tanto al hombre como a la mujer.

Es cierto que el culturismo provoca rechazo todavía en algunos sectores de nuestra sociedad. Y es cierto también que las películas de los grandes profetas del culturismo americano contribuyen, con su gratuita brutalidad, a alimentarlo y justificarlo. Se ataca al culturismo desde diversos ángulos: la crítica estética consiste en que produce cuerpos monstruosos; la crítica deportiva, en que airear los músculos en un escenario no tiene nada de deporte; la crítica moral, en que estimula el narcisismo o en que el volumen muscular es inversamente proporcional a la lucidez cerebral así como a la sensibilidad humana… Siendo el culturismo de competición el emblema público y el signo visible de esta práctica deportiva en general, tales críticas recaen de un modo u otro sobre toda ella.

No es que estas críticas carezcan de todo fundamento. El así llamado culturismo de élite genera cuerpos que fascinan a unos y ofenden a otros exactamente por la misma razón: su exceso. En efecto, si puede ser injusto llamarlos monstruosos, nada hay más propio que llamarlos excesivos. Pero el exceso se justifica en la evolución humana por tres razones: primero, porque es innato al hombre el impulso a alcanzar las últimas posibilidades de todo lo que hace y de todo lo que es, y servirse luego, en todas las áreas de su existencia, de los hallazgos realizados en esa búsqueda llena de osadía. Segundo, porque sirve de contrapeso a excesos de signo contrario que de otro modo quedarían incontestados. Y tercero, porque la sensibilidad humana es de tal naturaleza que lo que le resulta emblemático es la sobreabundancia de algo -como muy bien saben los publicistas- y es así, muchas veces, como el exceso, el límite, logra el suficiente poder propagandístico para crear un movimiento de masas dentro de unas proporciones mucho más naturales de actividad. Bruce Lee fue un factor de primera importancia en el desarrollo de las artes marciales en nuestro país durante la década de los setenta y Arnold Schwarzenegger ha sido incontestablemente la causa de muchas inscripciones en los Gyms modernos durante la última década. Por otra parte, los que proclaman que el culturismo no es un deporte, porque salir a un escenario a mostrar el cuerpo se parece más a un concurso de Misses que a una verdadera competición física, olvidan la especificidad del culturismo competitivo: a diferencia del resto de los deportes, el culturista sale a la palestra no tanto para obtener un resultado como para mostrarlo. El resultado no es algo externo a él que pueda medirse en términos de peso lanzado, distancia recorrida o velocidad lograda…, sino algo interno, personal, una cualidad corporal adquirida que se juzga en términos de volumen, definición y armonía musculares. Y hay que tener una concepción muy, pero que muy limitada de las cosas, para no comprender la intensidad de autodisciplina, el volumen de esfuerzo y el nivel de conocimientos necesarios para la adquisición de esa cualidad corporal. Aunque sólo sea por estas tres razones, los culturistas de élite merecen una admiración que a veces, con cierta inconsciente displicencia, se les niega.

En lugar de ello se les acusa de narcisismo. Uno de los argumentos más estúpidos que pueden oírse contra el culturismo es el de los diez metros cuadrados de espejo, como si el contemplarse en ellos fuese lo esencial del entrenamiento con pesas. Los metros cuadrados acostumbran a ser más, como sabe cualquiera que haya invertido en la creación de un gimnasio, pero la autocontemplación no tiene por qué ser necesariamente vanidosa. Por el contrario, el culturismo exige una autocontemplación científica y ello por dos motivos: primero, porque se trata de una práctica esencialmente solitaria y el espejo es un buen índice de la corrección biomecánica del practicante; y segundo, porque es imprescindible llegar a discernir los mínimos cambios que un ejercicio, rutina, entrenamiento o alimento dados provocan en el cuerpo. El narcisismo no depende del culturismo: es un rasgo de la personalidad independiente de esta práctica deportiva. Pero aun cuando se da, no se trata más que de un movimiento de superficie, no es en definitiva más que la desviación psicológica de una tendencia profunda de nuestro impulso evolutivo: la preocupación por la perfección de la estructura corporal, la aspiración a la belleza de la forma física como uno de los aspectos de la perfección integral humana. Y es el culturismo, con su exigencia de autocontemplación científica y con el rigor de su disciplina, el que tiene medios para enderezar esa desviación y devolverla a su naturaleza primera.

Qué decir, finalmente, de las dos últimas críticas morales al culturismo expuestas más arriba? Arnold Schwarzenegger y Silvester Stallone casi nos convencen con sus películas de que son verdad. Pero, en este punto, hemos de distinguir el culturismo de las veleidades épicas de la cinematografía actual. El culturismo ha proporcionado al cine cuerpos -no está tan claro que actores también- porque el público es capaz de identificar al instante en esas constituciones físicas poderosas algo rabiosamente heroico, pero desgraciadamente los guionistas han fracasado la mayor parte de las veces en crear héroes cuyas cualidades humanas se sobrepongan a su capacidad animal de dominio y destrucción.

No, los músculos no están en proporción inversa a la inteligencia y la sensibilidad, pero sí existe un hábito adquirido -y no del todo inmotivado- a ver las cosas de este modo: en primer lugar, es cierto que toda ultraespecialización provoca descompensaciones en otras áreas. En segundo lugar, colectivamente arrastramos todavía muchos prejuicios contra determinadas formas de autodisciplina creados en las décadas de los sesenta y setenta, cuando fue necesario romper poderosas estructuras sociales y tanto ayudaron a ello la rebelión adolescente y la liberación de muchos impulsos primarios. Finalmente, existe también un poderoso prejuicio intelectual que ha fijado la imagen del individuo ‘pensante’, hasta tiempos recientes, en el estereotipo del personaje de preocupadas ojeras, rostro pálido, pipa o cigarrillo meditativos, y cuerpo flácido que parece sobrarle a una carismática cabeza, para substituirlo ahora por la figura del yupi literario o filosófico. Sin embargo, y dicho todo esto, el precepto clásico prevalece:

Mente sana en cuerpo sano.

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2 Responses to “Criticas y detractores del culturismo moderno”

  1. [...] que en el culturismo moderno los dos mayores temores [...]

  2. [...] a lo que muchos piensan, hacer actividad física con pesas y los entrenamientos con pesas, como el culturismo, es mucho menos perjudicial para la salud que algunos ejercicios con nombres difíciles que vemos [...]

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